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La ciudad planetaria

  Por Enrique Carpintero

  “Nuestros ciudadanos eran como todos, absortos

en ellos mismos. En otras palabras, eran humanistas,

no creían en las plagas. Una plaga no está hecha a

la medida del hombre. Por lo tanto, el hombre se dice

a sí mismo que la plaga es irreal, un mal sueño que

tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal

sueño en mal sueño son los hombres los que pasan,

y los humanistas en primer lugar, porque no tomaron

precauciones. Estos ciudadanos no eran más culpables

que otros, simplemente se olvidaron de ser modestos,

eso es todo...Presuponían que las plagas eran

imposibles...Se creían libres, pero nadie será libre

mientras haya plagas”.  

                       La peste Albert Camus

  Desde principios de siglo la “gran ciudad” es percibida como una catástrofe. Se tiene la sensación de que influye en la vida de los seres humanos con una autonomía que no puede ser controlada. La polis se había transformado en metrópolis. El barrio y la comunidad familiar en gentío, es decir, la humanidad como masa. Por ello la metrópolis se vislumbra con una dimensión negativa vivida como inhóspita, violenta y conflictiva donde es imposible echar raíces. Sin embargo como dice G. Zarone “A primera vista, la gran ciudad parece lo otro de la humanidad, pero se descubre inmediatamente no como lo otro, sino como lo mismo, puesto casi al desnudo, devuelto como algo extraño a sí mismo, con evidencia nunca vista antes, en su radical y originaria falta de suelo, de fundamento y hasta de sentido. Una imagen de sí que, inminente como el destino, produce angustia; la angustia propia del hombre de encontrarse a sí mismo ya sólo como ciudad, y como nada más que esta ciudad, no solo ‘grande’, sino total: ciudad planetaria”[1]. En este sentido, podemos decir que la ciudad muestra espacialmente lo que se inscribe en la subjetividad de quienes la habitan.

De la ciudad del mito a la ciudad capitalista

Hay un mito de origen de la ciudad. Este aparece narrado en el Génesis cuando Caín, errante y fugitivo sobre la tierra después de matar a su hermano, se aleja de la presencia de Yahvé y se establece en la región de Nod. Allí conoce a su mujer y después construye una ciudad para escapar a las leyes de la Naturaleza, es decir, las leyes de Dios. Este hecho representa el símbolo del paso de la vida nómada a la sedentaria. Por ello la ciudad era cuadrada y estaba orientada según los cuatro puntos cardinales. Es así como evocaba la estabilidad frente a la distribución circular de los campamentos nómadas y del propio Paraíso Terrenal.

En el mito del Génesis la ciudad es herencia de Caín. Desde su inicio es signo de un estado de exilio debido a la necesidad de huir de Dios. La ciudad del mito es un signo ambiguo y contradictorio originado por una muerte violenta. Por lo tanto, la emergencia de la gran ciudad espanta y angustia porque trae a la luz la verdad de origen: es el espacio donde no existe Dios. Es el espacio donde los seres humanos deben reglamentar sus propias condiciones de vida.

En la Edad Media la ciudad era el mejor escenario para la sociedad civil. En esa época aparece el pensamiento de San Agustín que distingue tres tipos de ciudades diferentes. La celeste espiritual que es la que San Pablo denomina Jerusalén superior; es la ciudad de Dios, equivalente al reino de los cielos. La terrestre espiritual que es la Jerusalén de la era contemporánea, que corresponde al reino de la imagen representativa de las ideas caídas y, por último, la terrestre condenable; es decir, la ciudad pagana y no cristiana, la del diablo.

Cuando la ciudad de Dios se vuelve laica esta aparece representada en la “Utopía” de Tomas Moro, la “República Cristiana” de Bacon o “La Ciudad Sol” de Campanella. Estos textos describen una ciudad utópica donde la vida humana estaba perfectamente organizada.[2] Con los años comienza a aparecer una nueva correlación de fuerzas económicas, políticas y sociales que llevan al triunfo de la burguesía cuyo desarrollo va dando forma a la ciudad capitalista.[3]

Cuando triunfa la Revolución de Octubre aparece la posibilidad de realizar la ciudad socialista. Esta ya no era la ciudad utópica sino aquella que podía ser construida al servicio del ser humano. Artistas y arquitectos como Le Corbusier, Mendelshon, Gropius y otros son atraídos a Moscú con la consigna de los poetas Maiakovski y Meyerhold: “¡A la calle los tambores, los futuristas y los poetas!”. En este sentido escribe M. Vázquez Montalban “Los poetas de la revolución, independientemente de sus códigos, imaginaban aquella ciudad como el espacio material y espiritual donde se ejercía la participación, la soberanía popular, y donde las vanguardias eran legitimadas por la demanda del cliente libre en la sociedad libre, según sus necesidades reales. Una ciudad libre exenta de las leyes del mercado y de la ley del más fuerte, donde la posibilidad de inventar, de imaginar, de cambiar, no tuviera límites”.[4]

Luego de esos primeros años de la revolución, el límite va llegar con el Stalinismo y la imposición de un estado social-autoritario. La ciudad socialista se aleja del buen gusto y las ideas de Trostki, Lunacharski o Alexandra Kollantai. Es la burocracia la que construye la ciudad según el gusto pomposo de Stalin, adecuando su estética a la uniformidad totalitaria del pensamiento único. Pero, como plantea Vázquez Montalban “hay que empezar por el recuento de aquel fracaso para llegar a la perspectiva de la ciudad necesaria y del papel que las artes y las letras pueden jugar en su conciencia”.[5]

La violencia en la ciudad planetaria

El pasaje de la polis a los problemas de las metrópolis actuales no es simplemente, tal como se presenta en el mito de Caín, herencia de una culpa originaria según un humanismo new-age que propone la vuelta a la naturaleza. Tampoco de la imposibilidad para construir ciudades utópicas. Estos se deben a situaciones económicas, políticas y sociales que generan una cultura donde se desarrollan los intercambios libidinales para vivir en comunidad. De esta manera la cultura se constituye en un espacio-soporte que “ofrece la posibilidad de que los sujetos se encuentren en comunidades de intereses, en las cuales se establecen lazos afectivos que permiten dar cuenta de los conflictos que se producen. Allí el desarrollo de las posibilidades creativas genera la capacidad de sublimación de las pulsiones sexuales y desplaza la violencia destructiva y autodestructiva. Es así como este espacio se convierte en soporte de los efectos de la muerte como pulsión. Cuando una cultura no puede crear este espacio-soporte, genera una comunidad (gemeinschaft) destructiva. Así surge una comunidad donde impera el ‘sálvese quién pueda’. Una comunidad donde la afirmación de uno implica la destrucción del otro. Esta situación trae como consecuencia lo que Robert Castel llama un ‘individualismo negativo’, derivado de la metamorfosis que se ha producido en la sociedad (gesellschaft)”.[6]

En este sentido será preciso considerar las actuales dificultades de las metrópolis no sólo como la verdad emergente de la ciudad en general, sino como la verdad de la propia existencia humana en determinadas situaciones históricas.

En este fin de siglo nos encontramos con la imposibilidad del capitalismo globalizado de realizar un proyecto político incluyente en lo social y viablemente generalizable en lo económico. Desde sus orígenes las sucesivas crisis del capitalismo podían reconciliar la reproducción económica con la reproducción social. Aunque para ello apelara a violencias, guerras, corrupciones y dictaduras como las que padecimos en nuestro país (Argentina). Actualmente esta crisis no es tal, como la quieren mostrar los sectores de poder cuyos partidos políticos prometen más de lo mismo. Es que mientras un sector de la población padece la exclusión, el deterioro salarial, la precariedad laboral, etc., otros conocen niveles de ganancias inéditas en la historia (informática, robótica, telecomunicaciones, biotecnologías, etc.). A ello debe sumarse la desregulación financiera, las políticas de ajuste y la desaparición del Estado como árbitro relativamente autónomo, lo que lleva a que las grandes empresas inviertan su dinero en la especulación financiera donde las tasas de ganancias tienen niveles sin precedentes.[7] Un ejemplo de lo que estamos afirmando lo encontramos en el siguiente dato: 200 empresas del planeta representan el 25% de la actividad económica mundial empleando18,8 millones de trabajadores, es decir el0.75% de la mano de obra. Dicho de otra manera, un cuarto de la riqueza producida en el mundo se realiza con menos de uno por ciento del total de la fuerza de trabajo. Para que quede claro: todos, en un futuro que ya es presente, somos potencialmente desocupados.[8]

En este sentido el capitalismo globalizado desarrolla un modo de socialización que lleva a la imposibilidad de generar una cultura que regule los lazos sociales para el conjunto de la población. Sus consecuencias tienen un escenario: la ciudad que se ha transformado de metrópolis en una ciudad planetaria extraña e inquietante. Nos sentimos nómadas en un desierto de calles y hormigón armado donde, como Caín, necesitamos matar a nuestro hermano para construir nuestra propia ciudad. Por ello la furia se ha transformado en violencia destructiva y autodestructiva.[9] El miedo es una constante. La sensación de vacío, de soledad y muerte han generado nuevas sintomatologías. Esto ha llevado que se produzcan profundas transformaciones en la subjetividad que es necesario entender. Caso contrario seguiremos con soluciones superficiales que sólo sirven para fortalecer los mecanismos de negación y fetichización que no permiten una reflexión que contribuya a crear una alternativa posible de ser realizada. Una alternativa que no esté sostenida en un profetismo romántico o un milenarismo utópico. Una alternativa que permita generar redes de solidaridad para los excluidos y carenciados. En definitiva, una alternativa política y económica que pueda beneficiar a la mayoría de la población.

En la actualidad no es posible la vuelta del ser humano a la naturaleza para construir la ciudad de Dios sino solo la ciudad, o más bien, la ciudad humana. Este es el desafío: sí los seres humanos podemos crear un sistema de cultura, una forma universal de ciudad, que inscriba positivamente en un esquema de sentido y orden capaz de establecer una cierta normalidad efectiva de la vida con las particularidades propias de cada región del planeta. Es evidente que solo será posible en una cultura basada en una democracia igualitaria, solidaria y libertaria.

 

Notas

[1] Zarone, Giussepe, Metafísica de la ciudad. Encanto utópico y desencanto metropolitano. Colección Hestia-Dike, Pre-Textos, Universidad de Murcia, Valencia, España, 1993. 

[2] Para un análisis de la utopía leer Carpintero, Enrique “La utopía como porvenir de una ilusión” Topía revista, N° 5, año II, agosto de 1992, Buenos Aires.

[3] Carpintero, Enrique “Una nueva utopía: la felicidad privada” Topía revista N° 12, año IV, noviembre-marzo 1994/95 Buenos Aires. “El sujeto asediado por su locura: locuras urbanas” Topía revista N° 15, año V, noviembre-marzo 1995/96, Buenos Aires.

[4] Vázquez Montalban, Manuel La literatura en la construcción de la ciudad democrática. Editorial Crítica, Barcelona, España, 1998.

[5] Idem anterior.

[6] Enrique, Carpintero Registros de lo negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos dispositivos psicoanalíticos. Topía editorial, Buenos Aires, 1999

[7] Matellanes, Marcelo Frente al límite civilizatorio. Revista “De mano en mano”, Buenos Aires, 1999.

[8] Revista “Tres puntos”, año 2, N° 103, Buenos Aires, 24 de junio de 1999.

[9] Para una mayor aclaración de los conceptos “furia” y “violencia” leer, en este mismo número, los artículos de Freire, Hector La furia (entre el optimismo trágico y el pesimismo lúcido) y Franco,Yago Crisis, violencia y furia.

 

 

 

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